LOS VEULINES,,,,,,,,,,,PRIMERA PARTE

                                          
                             El sol había reververado sobre la vereda.En los soportales del caserío no había actividad.
                       Sus moradores tácitamente observaron a traves de las contraventanas hasta que día a día
                       no quedaba un solo hombre en la finca.
 
                       En el pueblo hacía quince días que en una de las callejas apareció el primer invadido:una mujer
                       de unos cuarenta años de pelo negro y estatura regular,con un sombrero de palma de trenzas
                       azules,un tubín de indiana azul,un zagalejo de la misma tela aunque diferente dibujo.Una saya
                       de bajeta verde,una camisa de lienzo basto,medias azules,abarcas de cordelillo de cáñamo y un
                       pañuelo de hierbas azul oscuro con flores grandes.
 
                       Varios jornaleros creyeron reconocer en la mujer a una de las mozas del caserío.
                       Después sucesivamente y de forma alarmante el número de invadidos fue aumentando.
 
                       El pueblo, que comenzó impetrando gracias al Todopoderoso para que suspendiera el azote y ro-
                      gativas al Santísimo,se cansó de esperar,continuando los ruegos algunas mujeres y el abrumado
                      cura que hacía las veces de auxiliador espiritual y ayudante de facultativo.
 
                     El aciago hecho sumío en breve al pueblo en la inactividad: la comunicación con sus vecinos se ami-
                     noró y durante un tiempo se temió que se llegase a carecer de los artículos d primera necesidad y
                     de medicamentos.
 
                          En sus horas de asueto,los habitantes del caserío,se reunian en partidas de "mus"o en animadas
                     pláticas. Paulativamente y cuando el nivel de las velas descendía,estas eran apagadas.
                     Ávidamente se apabullaban mientras el tiempo transcurria vacío silabeando sus nombres.
 
                     Los indigentes se hacinaban sobre sacos y colchonetas con los ojos hundidos,voz cavernosa y la piel
                     angosa color terreo.Alguno de ellos buscaba,con su índice escuálido,al infeliz facultativo.
 
                    Don Pablo,el facultativo,debía tener unos treinta años
 
                                    
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